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Historia de los Caminos Reales

Los caminos reales son senderos históricos que fueron trazados por los antiguos canarios para desplazarse de un lugar a otro. Éstos constituyen unas vías excepcionales en donde disfrutar del senderismo. Los mismos tienen lugar por paisajes de gran belleza que permiten al senderista disfrutar de la naturaleza. Además, ayudan a conocer una isla tan variada como es Gran Canaria, que presenta una serie de atractivos espectaculares como es la geología, flora y fauna, manifestaciones culturales, entre otros elementos.

En relación a la historia de la red de caminos en Gran Canaria, cabe señalar que hasta la construcción de las primeras carreteras (a finales del siglo pasado), la población precisaba de un sistema de caminos, senderos, serventías y veredas para desplazarse. Así pues, la red tradicional comenzó a formarse a raíz de la conquista (siglo XV). Sin embargo, existen referencias de senderos aborígenes, en los que se aprecian las técnicas de construcción que empleaban para facilitar el acceso a los lugares de culto o de almacenaje de alimentos y pertenencias. De este modo, la red de caminos comenzó con las innumerables sendas y veredas que la población prehispánica trazó en su agreste relieve, con fines agrícolas y ganaderos. El relieve era tan abrupto que el acceso desde la costa hasta el interior, se dio principalmente por los cauces de los barrancos, que radialmente se disponían desde el centro de la isla hacia el perímetro de la misma. Estas vías naturales de comunicación, junto a las degolladas, que actuaban de nudos de enlace, encrucijadas o pasos obligados de caminos, se convirtieron en las vías naturales que articulaban las comunicaciones costa-cumbre (como por ejemplo el Barranco de Azuaje y el Barranco de Moya). Con respecto a la construcción de caminos de la época prehispánica, sólo se conoce la utilización de muros de piedra seca y escalones labrados en la roca. No requerían de mejores vías porque aún se desconocía la rueda de carro y tampoco disponían de animales de carga.

Ya con la presencia de los conquistadores castellanos (después del siglo XV), se acondicionaron los caminos aborígenes para hacer frente a las nuevas necesidades de transporte (bestias de carga y carros) y abrir nuevas vías debido al repartimiento de tierras y aguas que tuvo lugar después de la conquista. En esta época, se introdujo el uso del empedrado en los caminos y la construcción de muros de piedra de consolidación de los mismos.

En el siglo XVI, las vías de comunicación cobraron una gran importancia gracias a la explotación azucarera. El nudo más significativo era el de Las Palmas, seguido del de Guía, Gáldar y Telde. Ya en un tercer nivel se encontraban los caseríos azucareros de Agaete y Moya, entre otros.

Durante los siglos XVII y XVIII no se apreció un avance significativo en la red de caminos, a excepción de la creación de algunas sendas o veredas, aunque siempre relacionados con la aparición de pequeños núcleos poblacionales. No obstante, a finales del siglo XVIII se observó una mejora de las condiciones económicas que se reflejó en una ocupación más extensa del territorio a lo largo del siglo siguiente.

Por su parte, hasta mediados del siglo XIX no comenzaron a aparecer los nuevos medios de transporte y a construirse las primeras carreteras, concretamente, hasta 1860 no surgió el primer plan de carreteras de la isla de Gran Canaria.

Por otro lado, cabe señalar la diferente tipología de las vías existentes en la isla. Los caminos reales eran los de Propiedad Real entre los grandes núcleos de población de Las Palmas de G.C. hacia Gáldar por el Noroeste (pasando por el barrio costero San Andrés y San Felipe pertenecientes al municipio de Arucas y Moya), y a Telde por el Este. Establecieron el trazado básico de la posterior red de carreteras y hoy en día apenas queda nada de ellos, salvo pequeños tramos de gran valor histórico y cultural.

Los caminos de herradura, de aspecto parecido a los reales, comunicaban los principales enclaves agrícolas con los núcleos de población secundarios. Destacaban el de Teror y el del Centro, que iban por Santa Brígida y el Camino de Las Vueltas de Acero que pasaba por el actual municipio de Moya.

Con respecto a los caminos secundarios, se trataban de rutas que unían directamente las ciudades principales de la época y los distintos focos productivos de menor relevancia con los centros mayores. En el camino real de Las Palmas a Gáldar, aproximadamente a la altura de San Andrés había una bifurcación, camino de Los Dragos, que ascendiendo por el Barranco del Pagador, llegaba hasta el núcleo azucarero de Moya.

Igualmente, también existían otras sendas “de apoyo” que unían los pequeños núcleos entre sí. Concretamente, en el Norte se originó un gran número de pequeños caminos de unión entre los ingenios azucareros, los grandes núcleos y las zonas ganaderas y forestales. Entre ellos, destacan los que unían Moya, Firgas y Arucas. También estaban las sendas ganaderas y las cañadas, que permitían el movimiento del ganado desde los pastos de verano (situados al Norte) a los extensos pastizales del Sur, y la peregrinación entre los dos centros jacobeos de la isla: la Real Ciudad de Santiago de Los Caballeros de Gáldar y la Villa de Santiago de Tunte. Precisamente, el conocido como el Camino de La Plata, el cual era el que unía Gáldar con Tirajana (que también pasaba por Moya).

En la actualidad, Gran Canaria cuenta con una extensa red de caminos reales (más de 300 km.), que discurren por las cumbres de la isla. Muchos de ellos comienzan en la encrucijada de la Cruz de Tejeda, constituyéndose como el punto central de la red de senderos desde donde se reparten muchos de ellos al resto de municipios de la isla. Por citar algunos ejemplos, está el camino real que comienza precisamente en ese punto, dejando a su paso el frondoso y húmedo Barranco de La Mina y alcanzando un histórico camino de peregrinación al Pueblo de Teror. Por otra parte, hay otras rutas que conducen al senderista desde el Pico de Las Nieves (el punto más alto de Gran Canaria (1953 m. Altitud, hasta la volcánica Caldera de Los Marteles, o a uno de los últimos reductos de la laurisilva de la isla, en los Tilos de Moya.